Acompañamiento Espiritual del Enfermo en el proceso de su enfermedad

Acompañamiento Espiritual del Enfermo en el proceso de su enfermedad

“En el servicio a los enfermos, mientras las manos realizan su tarea, estén atentos: los ojos a que no falte nada, los oídos a escuchar, la lengua a animar, la mente a entender, el corazón a amar y el espíritu a orar” San Camilo de Lelis, Siglo XVI.

Cuando una enfermedad terminal progresa, la salud se deteriora y el fin de la vida se acerca, las personas pueden preguntarse: "¿Por qué esta enfermedad? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?" Estas preguntas pueden evocar, reavivar o intensificar las preocupaciones espirituales o religiosas. A pesar de que los procesos por los que se producen estas asociaciones no se entienden bien, hay cierta evidencia de la asociación positiva entre la conciencia espiritual y religiosa y la salud emocional (Candy et al, 2012). 

El esfuerzo permanente por luchar contra la enfermedad, sus causas y sus consecuencias, reaviva en nosotros la necesidad de trabajar también en la recuperación de una cultura que integre la muerte como dimensión propia de la vida, y ofrezca a las personas un modelo de cuidado y de acompañamiento en todos los ámbitos, cuidando de manera especial el más sutil de ellos que es el espiritual.

Las necesidades pueden ser muchas y de todo tipo. Hay quienes necesitan fortaleza en momentos depresivos o de abatimiento. Otros necesitan reconciliarse consigo mismo, con su pasado, con su familia y con Dios. Hay quienes buscan compañía para afrontar la soledad. Necesidades de orden físico, psicológico, moral, espiritual... Necesidades de seguridad, de amor y autoestima, de reconciliación y esperanza...

Cuando una persona se enferma entra en un mundo diferente. La enfermedad plantea al hombre serios problemas en planos muy diversos. En el plano físico, la enfermedad es un acontecimiento que se impone: fatiga, dolor, embotamiento.

La enfermedad bloquea al hombre a pesar suyo, invade la conciencia, domina y esclaviza la voluntad, amenaza con destruir lo que se tiene y lo que se es. Una extraña sensación se apodera de uno mismo llegando a pensar "mi cuerpo está contra mí".

También la relación con los demás se transforma. La enfermedad lleva al enfermo a prestarse una atención exclusiva, a replegarse sobre sí mismo, a sentirse como el único en sufrir. Se estrecha su horizonte: una habitación, unos movimientos, unos pocos gestos. Se percibe a sí mismo como una carga para los demás.

Quizá debe ser ayudado en todo: comer, cambiarse, satisfacer sus necesidades más elementales. Se siente en una situación de dependencia que modifica profundamente la relación que antes tenía con otros: ahora se halla siempre en el lugar del que recibe. En muchos casos, la comunicación con los demás se hace difícil; a veces, se falsea o desaparece: "los que vienen a verme hablan de cosas sutiles" (Sal. 41, 7).

El enfermo palpa la fragilidad de su ser, que hasta ahora creía firme y seguro; le ronda la idea de la muerte; acecha quizá la rebeldía y el escándalo; vuelve una y otra vez parecidas estas interrogantes ¿por qué? ¿Por qué a mí? ¿Qué habré hecho yo?...

Para vivir sanamente el proceso de su enfermedad y de su muerte, cada enfermo necesita la ayuda y el apoyo de alguien que sepa acompañarle con un estilo de presencia nuevo: una presencia inspirada y dinamizada por amor; una presencia que sabe adaptarse a cada persona, respetándola profundamente en su historia, sus creencias, etc.; una presencia que le ayuda al enfermo a echar mano de sus recursos curativos, a liberarse de todo aquello que le angustia y hace sufrir; una presencia que sea capaz de reavivar en él las ganas de vivir y le permita encontrar el "sentido" a cuanto le pasa, convivir con su enfermedad, asumir serena y cristianamente lo incurable y la muerte.

La primera ayuda al enfermo es luchar con él contra el dolor, quitarlo si es posible, o al menos aliviarlo y mitigarlo "el evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento" (Salvificis Doloris, 30) "Entra dentro del plan providencial de Dios el que el hombre luche ardientemente contra cualquier enfermedad y busque solícitamente la salud para seguir desempeñando sus funciones en la sociedad y en la Iglesia... Los médicos y todos los que de algún modo tienen relación con los enfermos han de hacer, intentar y disponer todo lo que consideren provechoso para aliviar el espíritu y el cuerpo de los enfermos" (Ritual de la unción de los enfermos 3 y 4).

Otra ayuda -no menos importante- es compartir con el enfermo la nada fácil tarea de vivir su dolor sanamente: afrontarlo con realismo, asumirlo conscientemente, apropiarse de él e interrogarlo beneficiosamente en su existencia, conferirle un sentido, llenarlo de amor y vivirlo en la esperanza.

Pero ¿cómo prestar esta ayuda al que sufre? No es fácil. No sirven las recetas prefabricadas. Cada persona es irrepetible y su experiencia es personal y singular. Ante las enfermedades serias, los enfermos y sus familias necesitan tomar decisiones importantes en relación a los tratamientos o a sus limitaciones, procesos en los cuales sus valores y creencias religiosas influyen de manera fundamental. 

Es un gran desafío acompañar a las personas que se enfrentan a la pérdida de su salud.  En su confusión tratan de comprender la propia relación con Dios y su papel en todo lo que está sucediendo. Las problemáticas surgidas del sufrimiento humano son diversas. Muchas veces se interroga sobre el sentido de justicia en la vida: ¿Por qué los buenos sufren y los malos no?; ¿Por qué a mí?; ¿Por qué a mi familia?; ¿Cómo seguir viviendo así?; ¿Vale la pena seguir luchando?; otras personas pueden manifestar su irritación hacia Dios.  Ante estas problemáticas se debe comprender y aceptar los sentimientos de la persona sin contradecirla y en su momento, se debe propiciar que la persona descubra la presencia del amor de Dios en la situación que vive y tratar de interpretar las experiencias de vida desde una perspectiva de fe, que transmita la gracia divina. (Guía de acompañamiento pastoral, espiritual y humano CEG).

A lo largo de los años 80 y 90 del siglo XX ya abundaba la literatura sobre el tema de Cuidados Paliativos, pasando por la Organización Mundial de la Salud y diversas obras de colaboración, hasta el Manual de Oxford de Cuidados Paliativos, junto a numerosas publicaciones en revistas científicas; la dimensión espiritual de la enfermedad, en general, y las necesidades espirituales experimentadas durante ciertas enfermedades, en particular, así como la atención dedicada a ese tema en la fase final de la vida, han ido creciendo progresivamente.

“Si cada hombre es hermano nuestro, con mayor razón el débil, el que sufre y el necesitado de cuidados deben estar en el centro de nuestra atención, para que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado” (Benedicto XVI)

Jorge Mario del Cid
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Apostolado de Cuidados Paliativos / HNGT
Guatemala